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San Agustín

Agustín nació en Tagaste, África, el 13 de noviembre de 354.
Su padre, Patricio, era funcionario pagano al servicio del Imperio, su madre Mónica, dulce y abnegada le educó en la religión.
Agustín, “prodigio de inteligencia” era irascible, soberbio y díscolo.
Prefería jugar con otros mozos que estudiar griego. Tardó en aplicarse a los estudios, pero al fin lo hizo estudiando artes liberales en Metauro y retórica en Cartago.

 

 

A los 18 años tuvo su primera concubina, que le dio un hijo al que pusieron el nombre de Adeodato
Su desmesurada afición al teatro y espectáculos públicos le alejaron de la religión de su madre.
Interesado por la filosofía, por conocer la verdad, pasó del escepticismo moderado al maniqueísmo
Los maniqueos presentan dos sustancias opuestas, una buena (la luz) y otra mala (las tinieblas), eternas e irreductibles.
A Agustín le seducía este dualismo y la fácil explicación del mal y de las pasiones que comportaba.
Atraído por el pesimismo radical de Manes la difundió con elocuencia en Cartago (374-383), en Roma /383) y en Milán (384)
Agustín fue profesor de oratoria en Milán durante el año 384 y leyendo a los clásicos, entre éstos al neoplatónico Plotino, que modificó su concepción de la esencia divina  y de la naturaleza del mal. Los sermones del Arzobispo de Milán, Ambrosio, los escuchaba Agustín con delectación. A partir de que “Dios es luz, sustancia espiritual de la que todo depende y de que no depende de nada”, Agustín comprendió que las cosas están subordinadas a Dios y que todo deriva de Él. El mal solo puede ser entendido como pérdida de un bien, como ausencia, en ningún caso como sustancia. 
Su convicción de haber recibido una  señal divina le decidió a retirarse a la casa de su amigo Verecundo, en Lombardía, Italia, junto con su madre, su hijo y compañeros.
El año 387 se hizo bautizar por Ambrosio y se consagro del todo al servicio de Dios. En 388 regresó al Norte de África.
En 391 fue ordenado sacerdote, por el Obispo Valerio, que le encomendó la misión de predicarla Palabrade Dios, misión que cumplió con fervor.
Combatió las herejías y los cismas en acaloradas controversias con maniqueos, pelagianos, donatistas y paganos.
Tras la muerte del Obispo Valerio Agustín fue  nombrado Obispo de Hipona el año 395
Agustín ejerció como pastor, administrador, orador y juez.
Elaboró una ingente obra filosófica, moral y dogmática. Entre sus obras destacan: Soliloquios, Confesiones y La ciudad de Dios. El año 410 Roma cayó en manos del godo Alarico. Agustín en los últimos años de su vida asistió a nuevas invasiones bárbaras del norte de África.
A Hipona le pusieron asedio y a los tres meses Agustín cayó enfermo y murió, quizá el año 430.
El tema central del pensamiento de Agustín es la relación del alma, perdida por el pecado y salvada por la gracia divina, con Dios.
La obra del santo se plantea como un largo y ardiente diálogo entre la criatura y su Creador. El encuentro del hombre con Dios se produce en el amor.
Agustín de niño “prodigio”, por su prodigiosa inteligencia. Agustín de adulto “prófugo”, porque abandonó su patrimonio religioso.
Su fiesta se celebra los 28 de agosto.