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Alejandro Magno

Tierra y padres de Alejandro.

La tierra en la que, por vez primera, vio  la luz Alejandro fue la comarca macedónica de Pelagonia, al norte de Grecia.

Su padre fue Filipo II, rey de Macedonia, y su madre Olimpia, reina de Macedonia, era hija de Neoptolomeo, rey de Molosia.

Tanto el padre como la madre eran decididos y violentos. Vigilaron de cerca la educación de sus hijos Alejandro y Cleopatra

Nacimiento y primeros años de Alejandro.

Alejandro nació en octubre del 356  a. C.

Ese mismo año el extravagante pirómano Eróstrato incendió el templo de Artemisa, una Maravilla del Mundo.

 

Los severos pedagogos, Lisímaco y Leónidas sometieron a Alejandro a una rigurosa disciplina, nada de superfluo, nada de frívolo, comunicándole un perfecto dominio de sí mismo.

Cuando Alejandro cumplió 12 años decidió su padre dedicarse personalmente a la educación de su hijo, inteligente y valeroso.

Desde los trece y hasta los diecisiete años Alejandro convivió y tuvo por maestro a Aristóteles. Este le enseñó gramática, geometría, filosofía, ética, política y a valorar los poemas homéricos, en particular la Ilíada.

Con los años dijo Alejandro que Aristóteles le enseñó a “vivir dignamente”.

Una anécdota muestra el carácter del joven Alejandro. Su padre, Filipo, compró una caballo salvaje de hermosa estampa, que ninguno de sus aguerridos jinetes fueron capaces de dominarlo.

Alejandro se subió a lomos del caballo lo dominó con toda facilidad y galopó, dejando asombrados a todos. Al caballo lo llamó Bucéfalo

Ya a los dieciséis años se sentía capacitado para dirigir una guerra, y con dominio y criterio suficientes para reinar.

Herido su padre en Perinto, fue llamado para sustituirle.

Era la primera vez que tomaba parte en un combate, y su conducta fue tan brillante que le enviaron a Macedonia como regente.

El año 338 marchó con su padre hacia el sur para someter a las tribus de Anfisa, al norte de Delfos.

En 380 Isócrates proponía la formación de una liga panhelénica.

Décadas después Demóstenes, enemigo declarado de Filipo, indujo a los atenienses a que se armasen contra los macedonios.

Al enterarse Filipo marchó con su hijo a Queronea y se batió con los atenienses, dirigidos por Epaminondas, que fueron derrotados, no quedando un soldado vivo.

La caballería macedónica la capitaneaba Alejandro, heroico combatiente y hábil estratega, se ganó la admiración de sus soldados y la popularidad de sus súbditos. Su padre le abrazó y con lágrimas en los ojos le dijo: “¡Hijo mío, búscate otro reino que sea digno de ti! ¡Macedonia es demasiado pequeño!”.

Filipo seguiría siendo su general, pero su rey ya era Alejandro  

El asesinato de Filipo.

Filipo en 337, a los cuarenta y cinco años, arrastraba una pasión desde su paso por las montañas del Adriático, y no dudó en volver a Iliría en busca de Atala, la princesa de la que se había enamorado, después de veinte años de matrimonio con Olimpia.

Repudió a Olimpia y celebró una nueva boda con Atala.

Alejandro que amaba a su madre no podía soportar esa ofensa a su madre, fue a su lado y juntos huyeron para refugiarse en el  palacio de su tío Alejandro, rey de Melosia en sucesión de su abuelo materno. Allí vivieron hasta que Filipo arrepentido prometió tributar a Olimpia los honores que se merecía. Olimpia accedió aunque, quizá en acuerdo con Pausanias, preparara la venganza contra Filipo.

En la primavera del año 336 regresaron todos a Epiro.

Se celebraba la boda de la hija, Cleopatra, con Alejandro de Molosia, tío de la novia.

Durante la procesión nupcial, Filipo II fue asesinado por Pausanias.

Rey de Macedonia.

Alejandro con veinte años era rey de Macedonia y en el mismo año se hizo designar “Generalísimo de los ejércitos griegos”.

Al comienzo del 335, el levantamiento de Tracia e Iliria le exigió una breve campaña para someter ambas regiones.

Tebanos y atenienses se sublevaron

El sitio de Tebas no fue fácil y ante la resistencia de la ciudad Alejandro decidió tomarla al asalto.

Pasó a cuchillo a más de 6.000 ciudadanos, redujo a esclavitud a los soldados de la guarnición y ordenó la total demolición de la ciudad, aunque conservando la casa en la que había vivido Píndaro, el  poeta griego de Cinocéfalos.

Atenas se sometió sin resistirse.

La conquista del Imperio persa.

Desde su regreso a Macedonia dio comienzo la preparación de la guerra contra el Imperio persa, que inició su padre.

En la primavera del año 334 a.C. encomendando a su general Antípatro que conservara Grecia en paz, Cruzó con sus hombres el Helesponto.

Alejandro ocupó Tesalia y declaró a las autoridades locales que el pueblo tesalo quedaría para siempre libre de impuestos. Juró que acompañaría a sus soldados a tantas batallas como fueran necesarias para engrandecer y glorificar a la nación.

Cuando llegó a Corinto, Alejandro sintió deseos de conocer al gran filósofo, Diógenes, famoso por su desprecio de las riquezas.

Estaba Diógenes sentado bajo un cobertizo, calentándose al sol cuando pasó Alejandro. Diógenes le miró con indiferencia y el monarca le dijo: “Soy Alejandro, el rey”.

Diógenes le contestó: “Y yo soy Diógenes, el Cínico”.

Una anécdota singular la ofrece el encuentro de Alejandro con el famoso pirata Diónides, que fue detenido y llevado a la presencia del rey.

El rey le preguntó: “¿Con qué derecho saqueas los mares?”  Respondió el pirata: “Con el mismo que tú saqueas las tierras”.

“Pero yo soy el rey y tú solo eres un pirata”

Diónides repuso: “Los dos tenemos el mismo oficio”.

“Si los dioses hubiesen hecho de mí un rey y de ti un pirata, yo sería quizá mejor soberano que tú, mientras que tú no serias jamás un pirata hábil y sin prejuicios como lo soy yo”.

En junio de 334 logró la victoria de Gránico, sobre los sátrapas persas. En la cruenta batalla Alejandro estuvo a punto de perecer, y sólo la oportuna ayuda de su general Clito le salvó la vida

Conquistada también Halicarnaso, se dirigía hacia Frigia, pero antes, a su paso por Efeso, pudo conocer al célebre pintor Apeles, que fue su pintor particular y que vivió en la Corte.

A comienzos de 333, Alejandro llegó a Gordión, ciudad que fuera corte del legendario rey Midas e importante puesto comercial entre Jonia y Persia. Allí los gordianos plantearon al invasor un dilema en apariencia insoluble. Un intrincado nudo ataba el yugo al carro de Gordio, rey de Frigia, y desde antiguo se afirmaba que quien fuera capaz de deshacerlo dominaría el mundo.

Todos habían fracasado hasta entonces, pero el intrépido Alejandro no pudo sustraerse a la tentación de desentrañar el acertijo.

De un certero y violento golpe ejecutado con el filo de su espada, cortó la cuerda, y luego comentó con sorna: “Era así de sencillo”

Afirmando así sus pretensiones de dominio universal.

Cruzó el Taurus, franqueó Cilicia y en otoño del año 333 a, C., tuvo lugar en la llanura de Issos la gran batalla contra Dario, rey de Persia.

Antes del enfrentamiento arengó a sus tropas, temerosas por la superioridad numérica del enemigo. Alejandro confiaba en la victoria porque estaba convencido de que nada podían las muchedumbres contra la inteligencia, y de que un golpe de audacia vendría a decantar la balanza del lado de los griegos. Cuando el resultado de la contienda era incierto, el cobarde Dario huyó, abandonando a sus hombres a la catástrofe.

Las ciudades fueron saqueadas y la mujer y las hijas del rey fueron apresadas como rehenes, de modo que Dario se vio obligado a presentar a Alejandro unas condiciones de paz, extraordinariamente ventajosas para el victorioso macedonio.

A Parmenión le pareció una oferta satisfactoria, y aconsejó a su Jefe: “Si yo fuera Alejandro, aceptaría”.

Alejandro respondió: “Y yo también si fuera Parmenión”.

Alejandro ambicionaba dominar toda Persia y no `podía conformarse con ese honroso tratado.

Destruyó la ciudad de Tiro, tras siete meses de asedio, tomó Jerusalén y penetró en Egipto, sin hallar resistencia alguna. Como vencedor de los persas, fue acogido como un libertador.

Se presentó como protector de la antigua religión de Amón, visitó el templo del oráculo de Zeus Amón en el oasis de Siwa y  proclamó su filiación divina, al más puro estilo faraónico

Al regresar por el extremo occidental del delta  fundó la ciudad de Alejandría, que se convirtió en la más prestigiosa en tiempos helenísticos

En la primavera de 331 atravesó el Éufrates y el Tigris, y en la llanura de Gaugamela  se enfrentó al último de los ejércitos de Dario, en la batalla de Arbelas, dando fin a la dinastía aqueménida

Alejandro no quería ocultar al sol sus victorias, dormía confiado y tranquilo. Había madurado un plan genial para evitar las maniobras del enemigo. Su mejor arma era la rapidez de su caballería y contaba con la escasa entereza de su contrincante.

Efectivamente, Dario volvió a mostrarse débil y huyó ante la proximidad de Alejandro, sufriendo una nueva e infamante derrota.  Todas las capitales se abrieron ante los griegos.

Alejandro mandó ocupar Susa, Babilonia y Ecbatana.

En julio de 330, Dario moría asesinado, el sátrapa de Bactriana había ordenado la ejecución después de derrocarle 

Alejandro sometió las provincias orientales y prosiguió su marcha hacia el este. Vistió la estola persa, ropaje extraño a las costumbres griegas, para simbolizar que era rey tanto de unos como de otros.

Movido por la venganza mandó quemar la ciudad de Persépolis.

Iracundo dio muerte con su lanza a Clito, ajustició a Calístines, sobrino de Aristóteles y filósofo, se casó con una princesa persa, Roxana, contraviniendo las expectativas de los griegos

Alejandro se internó en la India, donde hubo de combatir contra el noble rey hindú Poros.  Como consecuencia de la trágica batalla murió su célebre caballo Bucéfalo y en su recuerdo fundó una ciudad que se llamaría Bucefalia.      

El regreso

A medida que se iban fundando nuevas Alejandrías, su ejército iba perdiendo hombres. Éstos se sentían debilitados al punto que al llegar a Hifasis, en 326, tuvo que reemprender el camino de regreso.

El ejército se dividió: mientras el general Nearco buscaba la ruta por mar, Alejandro conducía el grueso de las tropas por el infernal desierto de Gedrosia, miles de hombres murieron por sed.

Con fuerzas diezmadas llegó a su destino. 

Se celebró la boda de ochenta generales, con asistencia de diez mil soldados, dándose por terminada la conquista de Oriente.

Últimos tiempos

Tenía el proyecto de un nuevo ejército formado por helenos y bárbaros, para evitar las tradiciones de libertad que tenían los macedonios

Quería construir una nación mixta y con la colaboración de familias orientales llegar a una dominación universal.

Alejandro se casó con la princesa persa Roxana, con la tuvo su único hijo Alejandro IV.

También se casó, en su afán de integración racial, con  Estatira, hija mayor de Dario III, y la menor, Dripetis, casada con Hefestión, su mejor y más íntimo amigo, hombre inteligente que compartía las mismas ideas de estadista.

La muerte de Hefestión, en octubre de 324, le causo un dolor tan hondo que él mismo fue decayendo hasta su propia muerte en junio 323. Tenía Alejandro 33 años.