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Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental. Segunda parte.

La Iglesia y la Ciencia

La supuesta hostilidad de la Iglesia católica hacia la Ciencia es quizá uno de los mayores lastres de la cultura popular. A la versión unilateral sobre Galileo, que la mayoría de la gente conoce, debemos la generalización de la creencia  según la cual la Iglesia ha impedido el avance de la investigación científica.

El astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) dominaba todos los conocimientos astronómicos acumulados hasta ese momento debidos entre otros al brillante astrónomo griego Ptolomeo (87-150), que postulaba un universo geocéntrico.

 

La aportación sustancial de Copérnico es que el Sol, en lugar de la Tierra, era el centro del universo. Este modelo heliocéntrico sugería que la Tierra orbitaba alrededor del Sol.

El sistema copernicano no fue objeto de censura formal alguna por parte de los católicos hasta el advenimiento de Galileo (1564-1642). Con su telescopio realizó importantes observaciones astronómicas.

El amplio trabajo de Galileo fue inicialmente bien acogido y celebrado por destacados eclesiásticos.

La Iglesia no opuso ninguna objeción al uso del sistema copernicano, cuya verdad se hallaba muy lejos de ser establecida.

Para Galileo el sistema copernicano era cierto y no una mera hipótesis, se negaba por admitirlo como una mera hipótesis.

Cuando propuso la reinterpretación de ciertos versículos de la Biblia, los teólogos pensaron que Galileo había usurpado su autoridad.

No es del todo cierto retratar a Galileo como una víctima inocente de la ignorancia y los prejuicios Los acontecimientos que siguieron son en parte imputables a Galileo, que se negó al consenso y se metió en terreno de los teólogos.          

El Papa Urbano VIII transmitió al astrónomo que la Iglesia nunca había declarado heréticas las teorías de Copérnico y que jamás lo haría

En 1663 Galileo fue declarado hereje

Aunque la Iglesia  ha cooperado al desarrollo del pensamiento científico el pueblo lo desconoce. También el pueblo sigue considerando que la revolución industrial mermó drásticamente el nivel de vida de los trabajadores, cuando lo cierto es que sus condiciones de vida mejoraron.    

De análogo modo la verdadera función de la Iglesia en cuanto  al desarrollo de la ciencia moderna continúa siendo un secreto para el público en general. Lejos de obstaculizar el progreso de la ciencia, las ideas cristianas han contribuido a hacerlo posible.

En el Libro de la Sabiduría se lee: “Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso”, mostrando la racionalidad del universo.

Las culturas no cristianas no poseían las mismas herramientas filosóficas y se veían lastradas por marcos conceptuales que impedían la evolución de la ciencia.

En las grandes culturas: árabe, babilónica, china, egipcia, griega, hindú y maya la “ciencia nació muerta”, según Stanley Jaki, galardonado como historiador de la ciencia.

El animismo, característico de las culturas antiguas, que percibían la presencia inmanente de lo divino en todas las cosas, impidió el avance de la ciencia al excluir la idea de unas leyes naturales constantes.

En el seno de la tradición greco-romana, “el universo era una emanación de un principio divino”.

Los intelectuales islámicos ortodoxos rechazaban cualquier concepción del universo sometido a unas leyes físicas, pues la autonomía absoluta de Alá no podía verse restringida por leyes naturales.

El progreso de la ciencia fue posible gracias a que los escolásticos de la Edad Media llevaron a cabo  una “despersonalización” de la naturaleza.

Fulbert, fue discípulo del que sería el Papa Silvestre II, transmitió con su ejemplo un espíritu de curiosidad y versatilidad intelectual.

Los intelectuales interesados por el funcionamiento de la naturaleza ansiaban hallar explicaciones basadas en la causalidad natural.

Un estudiante de Chartres respondió: “Es la razón la que nos hace hombres. Pues si volvemos la espalda a la asombrosa belleza racional del universo en que vivimos, ciertamente merecemos ser expulsados de él, como el invitado que no aprecia la casa en que es acogido”.

Aristóteles había concebido un universo eterno, mientras que la Iglesia enseñaba que Dios creó el mundo en un momento determinado, a partir de la nada.

El obispo de Paris promulgó, en 1277, una serie de 219 proposiciones cuya enseñanza quedó prohibida en la Universidad de Paris. Las proposiciones condenadas eran afirmaciones derivadas de las enseñanzas de Aristóteles.

Estas condenaciones tuvieron un efecto positivo para el progreso científico, ya que forzaron a los pensadores a romper el molde intelectual, en el que los presupuestos aristotélicos los había encerrado, y a concebir el mundo físico de maneras nuevas.

Estos pensadores comenzaron a liberar a los intelectuales occidentales de su inquebrantable confianza en el filósofo griego y les dieron oportunidad de buscar nuevos modos de pensar alejados de las antiguas creencias.

Se condenaba la afirmación de que los cuerpos celestes poseían almas y, en cierto modo, estuvieran vivos, tal como venia postulando la cosmología de la Antigüedad.

Grandes hombres de ciencia han sido católicos como Pasteur.

Asombroso es el número de sacerdotes católicos que desarrollaron una amplia y destacada labor científica.

Merecen especial mención personalidades como:

Roger Bacon, considerado un precursor del método científico moderno.

San Alberto Magno, naturalista de renombre, cuya obra abarcó la física, la lógica, la metafísica, la biología, la psicología y diversas ciencias de la Tierra.

Grosseteste, canciller de Oxford, fue el primero en escribir la serie completa de pasos necesarios para llevar a cabo un experimento científico.

Nicolaus Steno a quien se atribuye el “establecimiento de la mayoría de los principios de la geología moderna”.  

A hombres de la Compañía de Jesús les debemos: “la primera aportación a la física experimental en el siglo XVII”.

Fueron los Jesuitas los primeros en llevar la ciencia occidental hasta lugares tan lejanos como China o la India, después  actuarían en África y en América hispana.

En el siglo XIX se inauguraron, en estos Continentes, observatorios jesuitas para el estudio de la astronomía, el geomagnetismo, la meteorología, la sismología y la física solar.

Se debe al padre Grimaldi el descubrimiento de la difracción de la luz y en asignar  a este fenómeno el término “difracción”. Las bandas de difracción eran resultado del movimiento ondulatorio de la luz.

El padre Roger Boscovich fue un verdadero erudito en teoría atómica, óptica, matemática  y astronomía.

La aportación de los jesuitas al avance de la sismología ha sido tan sustancial como para que  se haya llamado a la sismología “ciencia jesuítica”.

Benedicto XIV recurrió al consejo de este jesuita ante las grietas que aparecieron en la cúpula de la Basílica de San Pedro con el temor de que la cúpula pudiera desmoronarse. Boscovich recomendó la instalación de cinco anillos de hierro para reforzar la cúpula. Por ello mereció fama de “clásico menor en estática arquitectónica”

Un reciente historiador de la ciencia se refiere a Boscovich como “el verdadero creador de la física atómica fundamental”

El padre Athanasius Kircher demostró que la lengua copta era en realidad un vestigio del egipcio temprano. A él se debe en descubrir el valor fonético de un jeroglífico egipcio.

Cassini, junto con otros colegas jesuitas, demostró la teoría kepleriana, según la cual las órbitas celestes eran elípticas.

Los observatorios de las catedrales resultaron esenciales para el avance de la investigación científica.

La Iglesia católico-romana aportó más ayuda social y financiera al estudio de la astronomía, a lo largo de seis siglos, que ninguna otra institución

Arte, Arquitectura e Iglesia

La iconoclasia se originó en el Imperio bizantino propugnando una doctrina que todos quienes creían en Cristo debían aceptar, so pena de herejía. Fue introducida por el emperador bizantino León III (717-741), por razones que siguen siendo oscuras, aunque en ello influyera el Islam en cuyo arte no deben representarse las figuras.

En Occidente la Iconoclasia se percibía como una herejía.

Juan Damasceno escribía:”Despreciáis la materia y no reconocéis en ella valor alguno”

Los teólogos invocaron los principios del catolicismo en defensa del arte que representaba a Cristo y a los santos.

Los bizantinos abandonaron en 843 la iconoclasia

Gracias a San Juan Damasceno y a sus seguidores podemos contemplar las hermosas Madonnas de Rafael o La Pietá de Miguel Ángel

En el siglo XVI, los protestantes rehabilitaron la herejía iconoclasta, destruyendo estatuas y vidrieras

La principal aportación de los católicos al arte es la catedral medieval. Asombrosas son las catedrales góticas, que se extendió por Europa

Los pensadores católicos se convencieron de la relación existente entre las matemáticas, en particular la geometría, y Dios. Los eruditos de Chartres “creían que la geometría era un modo de establecer un vínculo entre los seres humanos y Dios, que las matemáticas eran un vehículo para revelar a la humanidad  los más íntimos secretos del cielo”.

El cosmos era una obra de arquitectura surgida de la mano de Dios.

“Tal como el gran Geómetra creó el mundo en orden y armonía, así el arquitecto gótico, en su humilde tarea, intentó crear la morada terrenal de Dios, de acuerdo con los principios supremos de proporción y de  belleza”.

San Agustín consideraba la música y la arquitectura como las más nobles de las artes, pues sus proporciones matemáticas eran las mismas del universo

Una época histórica capaz de producir tan magníficas obras de arquitectura no puede ser tan oscura y yerma como a menudo se ha considerado a la Edad Media.

El Renacimiento, en cierto sentido, nació de la Edad Media, siendo regresivo, excluyendo el arte. Aunque la mayoría de las obras de arte representaban temas religiosos, comenzó la pintura de paisajes y retratos, sustentados por mecenazgos ajenos a la Iglesia.       

Los orígenes del Derecho Internacional

Al cumplirse el quinto centenario del descubrimiento de América se acusaba a Cristóbal Colón de crímenes terribles, como el genocidio y la devastación medioambiental.

Los indígenas ni eran respetuosos del medio ambiente, ni tan pacíficos.

Muchas muertes se debieron a epidemias    

Las crónicas sobre la crueldad de los españoles provocaron una crisis de conciencia entre filósofos y teólogos. Se realizaron estudios y se esbozaron leyes.

Los teólogos abordaron estas cuestiones

La Iglesia católica propició el nacimiento de un concepto típicamente occidental.

El primer ataque a la política española en América lo inició, durante un sermón, el dominico Antonio de Montesinos.

Ante estas noticias e informaciones el  Rey Fernando el Católico convocó a un grupo de teólogos y juristas con el encargo de desarrollar leyes por las que habrían de regirse los oficiales españoles en su relación con los indígenas. Así nacieron las Leyes de Burgos y de Valladolid. En 1542 se redactaron las llamadas Nuevas Leyes, cuyo cumplimiento no resultara de fácil exigencia, dada las distancias entre las Nuevas tierras y la Península.

Es el padre Francisco de Vitoria  quien sentó las bases de la teoría del Derecho Internacional moderno.

Vitoria “defendió la doctrina de que todos los hombres son libres, libertad natural, con derecho a la vida, a la cultura y a la propiedad.

Vitoria respaldó sus asertos tanto en la razón como en las Escrituras  y así “proporcionó al mundo la primera obra maestra del derecho de las naciones, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra”

Vitoria tomó prestados de santo Tomás de Aquino dos importantes principios:

La ley divina, que procede de la gracia, que procede de la razón natural

Ninguna cosa natural para el hombre puede serle arrebatada, en consideración de sus pecados.

Así, los indígenas del Nuevo Mundo, en virtud de su condición humana, eran iguales que los españoles en materia de derechos naturales

Cada Estado tiene los mismos derechos que cualquier otro y está obligado a respetar los derechos de los demás

Vitoria creía que los pueblos del Nuevo Mundo debían permitir a los misioneros católicos predicar el Evangelio en sus territorios. El rechazo del Evangelio no era razón para la guerra justa.

La conversión de los paganos a la fe no debía realizarse con coerción, pues “creer es un acto de voluntad”, lo cual implica un acto libre.          

El derecho natural no era para Vitoria y sus seguidores patrimonio exclusivo de los cristianos, sino derecho de todos los pueblos. Creían en la existencia de un sistema de ética natural  que no dependía de la revelación cristiana ni entraba en contradicción con ella, sino que se sostenía por sí solo. Los teólogos españoles creían, con San Pablo, que la ley natural estaba escrita en el corazón humano, y disponía por tanto de una sólida base sobre la cual establecer unas normas de conducta internacionales moralmente vinculantes. Algunos teólogos definen el derecho natural como la única herencia de los seres humanos. Esta idea sirvió de “base para una teoría de la dignidad humana que le separa del resto de los animales”

Otro detractor de la política española seguida en América es el obispo Bartolomé de las Casas y proponía que los indígenas fueran tratados con amabilidad.

Juan Ginés de Sepúlveda, filósofo y teólogo, defendía el uso de la fuerza contra los indígenas. Sepúlveda no discutía que los españoles tuviesen derecho a conquistar a  los pueblos indígenas por la sencilla razón de que fuesen paganos; su argumento era que su escaso nivel de civilización y sus costumbres bárbaras eran un obstáculo para su conversión, de ahí que fuera necesaria algún tipo de tutela española

Francisco de Vitoria autorizaba el uso legítimo de la fuerza contra los nativos en determinados casos, como era el de protegerse de las costumbres de las costumbres indígenas.

En opinión de Vitoria la guerra es justa cuando un Estado ha violado las normas del Derecho Internacional en su relación con otro Estado, éste tiene motivo para librar guerra justa.      

Iglesia y Economía

Ya en la Edad Media y en épocas posteriores los escolásticos comprendieron y teorizaron sobre la libre economía en términos que a la postre resultarían sumamente fructíferos para el desarrollo del pensamiento económico en Occidente. Ahora se empieza a reconocerse a los católicos como fundadores de la economía moderna.

Destacada aportación es la de la Escuela austriaca de economía con un ilustre elenco de economistas

Jean Buridan, rector de la Universidad de Paris aportó importantes novedades a la moderna teoría del dinero.

El dinero no emergió por decreto gubernamental, sino que surgió del proceso de intercambio voluntario, que se simplificó con la adopción de un instrumento útil y ampliamente deseado.

Fue Buridan quien inició la clasificación de las cualidades monetarias de los productos, escribiendo el primer capítulo de los manuales sobre el dinero y la banca hasta finales de la era del patrón oro en la década de 1930   

Oresme, discípulo de Buridan, comprendió los perniciosos efectos de la inflación.

La pérdida de valor de la unidad monetaria, decretada por el gobierno, no hace ningún bien, pues interfiere en el comercio y produce un aumento global de los precios, enriqueciendo al gobierno a expensas de los ciudadanos

El aumento de cualquier producto en la circulación tenderá a provocar un descenso de su precio.

Al Cardenal Cayetano, del siglo XVI, se le considera como “el fundador de la teoría de las expectativas económicas”

Pensadores católicos sostenían que el valor de las cosas no residía en factores objetivos, como el coste de producción o la cantidad de trabajo necesario, sino en la valoración subjetiva de los individuos.

El fraile franciscano Pierre de Jean Olivi fue el primero en postular una teoría del valor basada en la utilidad subjetiva.   

El precio justo  no podía calcularse sobre la base de valores objetivos como la mano de obra u otros costes de producción. El precio justo resultaba de la relación entre vendedores y compradores en el mercado, donde la apreciación subjetiva de los bienes por parte de los individuos se ponía de manifiesto cuando éstos los compraban o se abstenían de comprarlos a determinados precios

Un siglo y medio más tarde, San Bernardino de Siena, uno de los grandes pensadores de la economía en la Edad Media, adoptó literalmente la teoría del valor subjetivo de Olivi.

El cardenal jesuita, Juan de Lugo, concurrió con su propio argumento a favor del valor subjetivo.

Carl Menger, cuyos Principles of  Economics tuvieron una profunda influencia en el desarrollo de la economía moderna, explicó muy bien las implicaciones del valor subjetivo.

La teoría del valor subjetivo, esencial para la economía, nada tiene que ver con el antropocentrismo ni con el relativismo moral

La teoría del valor subjetivo supone además una refutación directa de la teoría del valor del trabajo, más estrechamente asociada con Karl Marx.

De la teoría del valor del trabajo procede la idea marxista de que los trabajadores con la economía libre vivían “explotados”, pues si bien su esfuerzo era fuente de todo valor, los salarios que percibían no reflejaban plenamente dicho esfuerzo.

Marx no se equivocaba al observar una relación entre el valor de un producto y el valor del trabajo realizado para su producción; ambos fenómenos se hallan a menudo estrechamente relacionados.  Su error estriba en que invirtió los términos de la relación causal. El valor de un producto no es el resultado del trabajo invertido en su fabricación. Es el trabajo el que obtiene su valor de la estima que los consumidores conceden al producto final.

Así, cuando San Bernardo de Siena y los escolásticos del siglo XVI defendieron la teoría del valor subjetivo, estaban planteando un concepto económico fundamental

Pensadores protestantes, como Calvino, consideran el trabajo como elemento determinante del valor. De este modo el valor se convierte en valor del trabajo

Para Aristóteles y Santo Tomás de Aquino la actividad económica tenía su origen en el placer y la felicidad, de ahí que sus objetivos fueran profundamente subjetivos, pues el placer y la felicidad no eran estados cuantificables cuya intensidad pudiera articularse con precisión, y además variaban de una persona a otra.

La visión predominante en los países católicos, que identificaban la felicidad como objetivo de la actividad económica, se inclinaban a buscar la fuente del valor en la valoración subjetiva de cada individuo.

A Ferdinando Galiani se le cita como creador de las ideas de abundancia y escasez como factores determinantes del precio.

Pensadores de los siglos XVI y XVII defendieron la libertad económica y el libre mercado.

Los historiadores del pensamiento económico son cada vez más conscientes de la aportación de los últimos escolásticos a la economía.

La idea del libre mercado no surgió en el siglo XVIII en un fanático medio anticatólico.

Como la caridad católica cambió el Mundo

Pacomio, un soldado pagano, contemplaba atónito como los romanos ofrecían comida a los hombres afligidos y, sin discriminación de ninguna clase, prestaban ayuda a quienes la necesitaban.

Las obras de caridad de los católicos han seguido suscitando el mismo asombro a lo largo de los siglos. Incluso a Voltaire le causaba admiración el heroico espíritu de sacrificio que animaba a tantos hijos e hijas de la Iglesia, jóvenes, de alta cuna, aliviaban la miseria humana en los hospitales.

Registrar en su totalidad las obras de caridad católica exigiría muchos y extensos volúmenes. La caridad católica no ha tenido parangón en cuanto a cantidad y diversidad del trabajo realizado y el alivio del  sufrimiento y de la miseria humana.

Fue la Iglesia católica quien inventó la caridad tal como hoy la conocemos en Occidente

La caridad antigua era casi siempre interesada, antes que puramente gratuita.

Las construcciones financiadas por los ricos exhibían sus nombres en lugar destacado. Los donantes actuaban movidos por afán de notoriedad y alabanza o con la intención de obtener beneficios.

La antigua escuela de los “estoicos”, 300 a.C. recomendaba hacer el bien al prójimo sin esperar nada a cambio. A decir verdad, los estoicos enseñaban que un hombre bueno era un ciudadano del mundo animado por un espíritu de fraternidad hacia todos los hombres. También postulaban la anulación del sentimiento y de la emoción, por considerarlas impropias de un hombre. El hombre debía permanecer imperturbable ante cualquier acontecimiento externo, por trágico que fuese

La filosofía clásica “consideraba la piedad y la compasión emociones patológicas, defectos del carácter que los hombres racionales debían evitar

Así, Anaxágoras al enterarse de la muerte de su hijo se limitó a comentar: “Jamás supuse que había concebido a un hombre inmortal”

Quienes se negaban a reconocer el dolor y la enfermedad como males, difícilmente podían tener el anhelo de aliviarlos en otros.

El espíritu de caridad católica no surgió de la nada, sino que tomó su inspiración de las enseñanzas de Cristo. San Pablo explica que quienes no pertenecen a la comunidad de los fieles merecen también el cuidado y la caridad de los cristianos, aún cuando sean enemigos de la fe

La ayuda era competencia, casi en exclusiva, del Estado y venia dictada más por política que por benevolencia, la venta de los hijos, las duras privaciones, la presteza de los pobres a convertirse en gladiadores, o las frecuentes hambrunas muestran cuanto quedaba sin ser aliviado.

San Agustín fundó un hospicio para peregrinos y esclavos fugados, donde se repartía ropa entre los pobres.

Desde los primeros años de vida, la Iglesia institucionalizó el cuidado a las viudas y los huérfanos, ocupándose especialmente de los enfermos cuando sobrevenía una epidemia.

Eusebio, gran historiador eclesiástico del siglo XIV, cuenta que, como resultado del buen ejemplo de los cristianos, muchos paganos “se interesaron por una religión cuyos fieles eran capaces de tanta devoción desinteresada

En torno al siglo IV, la Iglesia comenzó a patrocinar la creación de hospitales a gran escala

El historiador de la medicina, Fieldinng Garrison, observa que antes del nacimiento de Cristo “la actitud hacia los enfermos y los infortunados no era de compasión, y el crédito de aliviar el sufrimiento humano corresponde enteramente al mundo cristiano”.

Una mujer llamada Fabiola creó el primer hospital público de Roma.

San Basilio Magno, el apóstol de las Limosnas, creó, en siglo IV, un hospital en Cesarea

En la época de las Cruzadas, los Caballeros de San Juan, administraban los hospitales de Europa.

Después se formaría la Orden de Malta, que dejó especial huella en los hospitales.

En 1120 los Hospitalarios eligieron a Raimundo del Puy como administrador del Hospital, que centró sus esfuerzos en la atención a los enfermos, puntualizando

“Como han de ser recibidos y atendidos nuestros señores los enfermos”

El Hospital de San Juan, una institución creada solo para cristianos, pasó a dar entrada a judíos y musulmanes.

En el siglo XIII, la Orden de los Hospitalarios administraba cerca de 20 hospicios y leproserías

El economista del siglo XX, Simon Patten, se refería a la Iglesia en estos términos:

“Proporcionaba alimento y refugio a los trabajadores, caridad a los desposeídos, aliviaba la enfermedad, la plaga y las hambrunas, tan comunes en la Edad Media”

La Iglesia católica revolucionó la práctica de la caridad, tanto en su espíritu como en su aplicación.

La Iglesia y el Derecho occidental

Sucede en la mayoría de los países occidentales que cuando una persona es condenada a muerte por asesinato y pierde la razón en el periodo comprendido entre la sentencia y la ejecución, ésta se aplaza hasta que el condenado recupera la razón.

El motivo de esta cláusula es puramente teológico, pues sólo si el individuo está en su sano juicio puede hacer propia confesión

El Edicto de Milán, 313, emitido por el emperador Constantino ampliaba la tolerancia del cristianismo, pero no evitó los frecuentes conflictos entre la Iglesia y el Estado

San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV proclamó:

“Los palacios pertenecen al Emperador y las iglesias a los sacerdotes”   

El Papa Gelasio formuló la doctrina conocida como las “dos espadas”, según la cual el orden del mundo se hallaba sometido a dos poderes, uno temporal y otro espiritual

El Papa Gregorio dio un paso decisivo cuando describió al rey como un profano, sin más función religiosa que cualquier profano

La Reforma gregoriana delimitó las fronteras que debían separar a la Iglesia y el Estado

Poco después de este momento, comienzan a redactarse códigos legales, tanto en la Iglesia como en el Estado.

El derecho canónico, el primer código legal sistemático de la Europa medieval, se convirtió en el modelo de los diversos sistemas jurídicos laicos

Con anterioridad al nacimiento del derecho canónico, en los siglos XII y XIII, no existía en Europa occidental nada comparable a un sistema legal moderno

El principal tratado de derecho canónico fue obra del monje Graciano y se tituló simplemente Decretum, que marcó un auténtico hito histórico

Graciano y otros canonistas desarrollaron una serie de criterios, basados en la razón y en la conciencia, destinados a determinar la validez de las costumbres y a sostener la idea de que toda costumbre legítima debía responder a una ley pre-política y natural.

El contenido del derecho canónico, de amplio alcance, contribuyó a impulsar el Derecho occidental en aspectos como el matrimonio, la pobreza y la herencia.

Se introdujeron los procedimientos judiciales de carácter racional en sustitución de las prácticas mágicas empleadas para probar la comisión de un delito.

El derecho es una de las principales facetas de la civilización occidental donde mayor es la deuda con la Roma clásica.

Establecía el derecho canónico que para ser válido un matrimonio era preciso el libre consentimiento del hombre y de la mujer. Así mismo invalida el matrimonio un error de identidad.     

Los legisladores introdujeron el principio de circunstancias atenuantes, tendentes a eximir de responsabilidad legal.

El antiguo derecho romano ya distinguía entre actos deliberados y accidentales, con lo que contribuyó a introducir esta idea de intencionalidad en derecho, inspirados en el código legal redactado en el siglo VI bajo el reinado del emperador Justiniano

El derecho penal emergió en Occidente en un contexto religioso influido por la doctrina de la expiación de San Anselmo. El castigo debiera adecuarse a la naturaleza y el alcance de la violación.

La influencia de la Iglesia en los sistemas legales y el pensamiento jurídico occidental se extiende igualmente al concepto de derechos naturales. La noción de derechos naturales es uno de los rasgos más distintivos de la civilización occidental

Los primeros capítulos del Decretum de Graciano aluden muy a menudo al término ius naturale o derecho natural

Los canonistas comenzaron a vislumbrar que una noción correcta de justicia natural debía incluir el concepto de derechos individuales. Poco a poco fue ganando peso la idea de que los individuos poseían ciertos poderes subjetivos o derechos naturales, por el mero hecho de ser humanos y ningún gobernante podía limitarlos

En el periodo comprendido entre 1150  y 1300 se definieron el derecho a la propiedad, a la defensa, al matrimonio y al procedimiento legal como raíz de una ley natural, no positiva, así como los derechos de los no cristianos

Fue el derecho canónico el que proporcionó a Occidente el primer ejemplo de sistema legal moderno y fue sobre la base de este modelo como posteriormente se construyó la tradición legal del Occidente moderno. De modo análogo, el derecho penal en Occidente recibió una fuerte influencia no solo de los principios legales consagrados por el derecho canónico sino también de las ideas teológicas.

El Derecho de nuestra civilización Occidental tiene la huella de  la Iglesia católica.      

La Iglesia y la moral en Occidente

Muchos de los principales valores de la tradición moral en Occidente tienen su origen en la concepción católica de que la vida humana es sagrada

La insistencia en el hecho de que cada persona es única, pues posee un alma inmortal, carece de equivalente en el mundo antiguo

Los católicos denunciaron y pusieron fin a la práctica del infanticidio, considerada moralmente aceptable incluso en Grecia y Roma. Platón había declarado que al hombre incapaz de trabajar por su enfermedad debía dejársele morir. Séneca escribió: “Ahogamos a los niños que nacen débiles o anormales”

A los varones deformes y a muchas niñas sanas simplemente se les abandonaba

El compromiso eclesiástico con la naturaleza sagrada de la vida humana se observa asimismo en la condena del suicidio, un acto que tenía sus defensores en el mundo antiguo. Aristóteles criticaba el suicidio, que era aceptable para los estoicos como modo de escapar al sufrimiento físico o a la frustración emocional

La Iglesia y las enseñanzas de Cristo contribuyeron a la abolición de las luchas de gladiadores, en las que los hombres se mataban por pura diversión.

“Las carnicerías en la arena terminaron por orden de los emperadores cristianos”

Igual de crítica se mostró la Iglesia con la posterior y ampliamente extendida práctica del duelo. Sus defensores alegaban que el duelo disuadía la violencia, al institucionalizarla en el marco de unos determinados códigos de honor y en presencia de testigos.

La Iglesia imponía sanciones a quienes se batían en duelo y resolvió expulsar de la Iglesia a los duelistas, privándoles de los sacramentos y de entierro religioso.

Pio IX hizo extensible la sanción a los testigos y cómplices del duelo.

Otra influencia de la Iglesia católica en la moral occidental la hallamos en la tradición de la guerra justa.

Cicerón discutió los bienes y los males de la guerra. Ni en Platón ni en Aristóteles  hallamos nada que pueda compararse a la famosa exposición “Sobre la guerra” que Santo Tomás de Aquino ofrece en su Suma teológica. Fueron los padres de la Iglesia quienes retomaron y ampliaron esta idea para transformarla en una herramienta de evaluación moral mucho más ambiciosa.

Una guerra solo puede justificarse por la injusticia de un agresor y esa injusticia debe ser una fuente de dolor para un hombre bueno, pues es injusticia humana

Santo Tomás establece tres condiciones necesarias para que una guerra pudiera vestir el manto de la justicia:

Autorizada por el soberano; Razonada causa; Fomento del bien y merma del mal

El padre Francisco Suarez  establece tres condiciones:

Autorizada por un poder legítimo; La causa ha de ser justa; Emplearse sólo métodos justos. Esto es, equidad en el comienzo, en su transcurso y en la victoria

El ser humano, dotado de razón no ha de actuar por mero instinto. Cuando el principio rector de la vida es hacer aquello que produce placer inmediato, el hombre no es, en cierto sentido, distinto de una bestia

No solo es el cuerpo quien no  debe  ceder a los males, también el alma debe abstenerse de inclinarse hacia ellos. No solo no debemos robar a nuestro vecino, sino que tampoco debemos albergar pensamientos de envidia por sus posesiones

Hemos de apartar de nosotros la ira y el odio, que solo envenenan el alma

Famosa es la frase de Sócrates que afirma: el conocimiento es virtud y conocer el bien es hacer el bien

Conclusión

La Iglesia católica no se limitó a contribuir al desarrollo de la civilización occidental sino que “construyó” esta civilización. Naturalmente tomó prestados conceptos del mundo clásico para transformar y mejorar la antigua tradición

La revolución cristiana arraigó en el Occidente europeo gracias a que sus fundamentos teológicos y filosóficos, esencialmente católicos, proporcionaron un terreno fértil y propicio para el desarrollo de la empresa científica

Si el hombre se convierte en la medida de todas las cosas y queda eximido de responsabilidad ante el orden objetivo, la vida se vacía y carece de sentido,

Escrito compuesto, por F. Javier Barandiarán Allende, recogiendo párrafos del libro de Thomas E Woods JR